jueves, 28 de mayo de 2009

La demencia uruguaya


El siguiente comentario pertenece a Sebastián Da Silva. Ante la claridad conceptual y su forma lógica y contundente, hemos solicitado su permiso de publicación.

Gracias

La demencia uruguaya

Sebastián Da Silva

Este es un país en donde nos gusta hacer la del avestruz, meter la cabeza adentro de la cueva para no ver la realidad. Así venimos construyendo un paradigma nuevo hace varios años en donde todo es relativo, todo lo que opina el otro partido político está equivocado, y en donde desapareció de un plumazo aquella histórica escala de valores en la que fuimos educados, en donde estaba clara la diferencia entre las cosas buenas y las cosas malas.

Tanto es así que tengo la obligación de atajarme y decir que no pienso igual al recordado Heber Pinto, ni pertenezco a la "derecha", ni tengo una obsesión maniquea de ver la realidad para continuar con esta columna.

Hoy es políticamente correcto ser de cabeza abierta, defender las causas imposibles, hacer de la defensa de los derechos humanos un sacramento contradictorio, o tratar de imponer una visión nueva de lo construido anteriormente.

Así es que está prohibido legalmente pegarle un coscorrón a un hijo cuando se porta mal, es normal ver en la propaganda de los ómnibus capitalinos a dos hombres besándose, es bueno haber derogado la posibilidad a la policía que pueda pedirle los datos a gente con aspecto sospechoso, sacar a presos de las cárceles es una ley con sentido humanitario, se promueve la manutención estatal a gente con pocos recursos pero no se le exigen ninguna obligación por este esfuerzo, se festeja el hecho de ser desprolijo y se lo utiliza como herramienta proselitista, un candidato define como expropiación revolucionaria robar lo ajeno, a la vez que son festejados los improperios televisivos de las máximas figuras del gobierno.

Hemos llegado a un grado de tolerancia tan demencial que en los barrios de Montevideo se asumen con cotidianidad y convivencia la existencia de bocas de pasta base con familias y generaciones enteras dedicadas al expendio de esta porquería, el termino "rastrillo" es asimilado y tolerado como parte del diario vivir y la delincuencia tiene hasta un ritmo musical propio llamado cumbia villera.

No queremos ahondar, pe-ro el embarazo adolescente en las niñas de menores recursos asusta, la deserción en los liceos es alarmante y la máxima aspiración de muchos uruguayos es ser jugador de fútbol o empleado público.

En el Uruguay donde todo es relativo y tolerado, no es de extrañar que pasen los asesinatos que vivimos este fin de semana en la populosa zona de la Aguada, en donde queda claro que la escala de valores colectiva se hizo pedazos, en donde sobresale el hecho por estar acompañado de un contexto horripilante digno del peor cuento de terror, pero que estoy seguro será absorbido por la población en poco tiempo al igual que los veinte minutos diarios de información policial que miramos en los medios televisivos.

Estamos frente a una campaña electoral que definirá el rumbo del Uruguay. En vez de dedicarse tanto tiempo al reproche terraja, o a revolver los hechos del pasado, sería muy bueno que se configure un acuerdo tácito en donde se promueva como virtud algo tan evidente como el esfuerzo personal, el sentido de sacrificio, el valor del trabajo como sostén de la dignidad personal y la necesidad de educarse adentro y fuera de las casas de cada uno.

Pero sinceramente no soy optimista.

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